Uruguay no se presta a la farsa del continuismo chavista
La negativa de Uruguay a normalizar relaciones con el régimen de Delcy Rodríguez marca una línea de decencia democrática frente a los intentos regionales de maquillar la usurpación en Venezuela.


Cuando la diplomacia internacional suele resbalar hacia el pragmatismo cómplice y los cálculos de conveniencia, escuchar una postura apegada a los hechos elementales resulta no solo reconfortante, sino indispensable. Las recientes declaraciones del canciller uruguayo, Mario Lubetkin, concedidas al diario brasileño Folha de S.Paulo, dejaron en claro una premisa que en Caracas intentan sepultar bajo toneladas de propaganda: nadie en Venezuela ha elegido a Delcy Rodríguez para conducir el destino del país.
El ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Yamandú Orsi fue tajante ante la pregunta sobre un posible restablecimiento de los lazos diplomáticos bilaterales: no van a retomarlas porque nada ha cambiado de fondo. La lógica es irrebatible. La administración actual en Miraflores es la prolongación directa del fraude del 28 de julio de 2024, un proceso viciado que el propio Uruguay desconoció en su momento. Si de una elección fraudulenta emanó un mandatario que hoy responde ante la justicia estadounidense, la figura que pretende ocupar su lugar arrastra idéntica ilegitimidad.
La decencia frente al maquillaje internacional
Durante años, los venezolanos hemos visto cómo diversos gobiernos e instituciones han buscado cualquier pretexto para tender puentes y lavar el rostro a una estructura responsable del saqueo de la nación y de la persecución sistemática de sus ciudadanos. Se inventan transiciones cosméticas o se apela a una supuesta estabilidad para ignorar la raíz del conflicto: la soberanía fue confiscada por un grupo que anuló el Estado de derecho.
Esa pretensión de normalidad choca de frente con la realidad internacional. El aparato que hoy encabeza Delcy Rodríguez no enfrenta únicamente un severo rechazo popular interno, sino expedientes que ventilan sus desmanes por todo el hemisferio. Desde los tribunales chilenos que indagan crímenes transnacionales hasta causas de corrupción en España y procesos penales en Estados Unidos, el mundo conoce al detalle el prontuario de quienes se aferran al poder. Fingir que un simple reacomodo interno de figuras convierte a una tiranía en un interlocutor legítimo es una burla a las víctimas.
Exigencia de votos reales, no de relevos a dedo
Lubetkin resumió la posición uruguaya con una sencillez demoledora: la solución pasa por elecciones auténticas, con tribunales imparciales que confirmen sin sombra de duda quién ganó, y quince minutos después se abrirán las embajadas con quien resulte electo. Esa es la diferencia entre el respeto a la soberanía ciudadana y la convalidación del abuso.
Los venezolanos no estamos pidiendo favores ideológicos ni tutelas arbitrarias; exigimos el derecho elemental a decidir nuestro destino mediante instituciones transparentes y garantías plenas. La negativa de Uruguay a sentarse a la mesa con usurpadores honra su propia tradición republicana y envía un mensaje contundente a quienes todavía dudan en la región. Frente a la mafia que destruyó a Venezuela, la firmeza moral no es una opción diplomática más: es el único terreno sobre el cual se puede reconstruir la libertad.
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