Tiroteo en Base Aérea de Táchira refleja el colapso moral de la institución militar
El tiroteo ocurrido en la Base Aérea Buenaventura Vivas de Táchira, donde un soldado mató a tres compañeros con un fusil de asalto, deja al descubierto el deterioro interno y la falta de evaluaciones profesionales en las filas armadas venezolanas.


La noche del martes 20 de octubre de 2026 terminó en sangre dentro de la Base Aérea Mayor Buenaventura Vivas Guerrero, en Santo Domingo del Táchira. Un soldado del contingente de enero de 2025, identificado en minutas policiales y reportes de prensa regional como Raymond Paz, accionó su fusil de asalto AK-103 contra sus propios compañeros de pelotón en el área de guardia. En pocos minutos cayeron sin vida el teniente Víctor Manuel Moreno Rivas, de 22 años, y los segundos sargentos Richard Espinosa Borges y Crismar Medina Puerta. Otros uniformados, entre ellos jóvenes de apenas 19 y 20 años, tuvieron que ser trasladados de urgencia hacia centros asistenciales con heridas de proyectil, mientras el autor del ataque burlaba el perímetro con su arma y cargadores abastecidos.
El síntoma de una institución sin filtros
Cuando un conscripto asignado a la custodia de un complejo militar abre fuego indiscriminado contra sus superiores y pares, las causas no pueden reducirse a un hecho aislado de mala conducta. La versión extraoficial de que el soldado se encontraba bajo los efectos de sustancias psicotrópicas desnuda un problema que en los cuarteles venezolanos lleva años normalizándose: la ausencia total de filtros médicos, psicológicos y vocacionales al momento de reclutar.
Para cualquier cuerpo armado que pretenda operar con decencia institucional, entregar un fusil automático con munición viva exige verificar la estabilidad emocional de quien lo porta. Requiere someter al aspirante a evaluaciones toxicológicas periódicas y a un control estricto de conducta. Nada de eso ocurre cuando la prioridad del mando militar ha sido llenar plazas a toda costa, premiando la sumisión incondicional y la disposición a acatar órdenes sin cuestionar, en lugar del equilibrio mental y la disciplina ciudadana.
La descomposición que cobra vidas internas
Durante décadas se desmanteló el profesionalismo dentro de la Fuerza Armada Nacional. Se prefirió a un individuo maleable, carente de principios cívicos y dispuesto a reprimir a la población civil en una alcabala o en una manifestación, antes que a un profesional consciente de sus deberes republicanos. Cuando el criterio de selección descarta la moral y premia la precariedad ética, los cuarteles se transforman en lugares de riesgo incluso para quienes visten el mismo uniforme.
Las víctimas de Santo Domingo eran jóvenes que no superaban los 26 años. El teniente Moreno perdió la vida camino al centro de salud de El Piñal, mientras dos de sus subordinados perecieron en el mismo suelo del puesto de guardia. Ninguno de ellos cayó en defensa de la soberanía ni en el cumplimiento de una misión de resguardo nacional. Murieron porque la institución que debía garantizarles una estructura de mando seria y confiable colocó a su lado a un individuo armado que nunca debió haber tenido acceso a un parque de armas.
El silencio oficial frente a la zozobra comunitaria
La huida de un militar armado por las carreteras y zonas boscosas del sur del Táchira obligó a las poblaciones adyacentes al aeropuerto a encerrarse en sus casas bajo advertencias de alerta máxima. Mientras los cuerpos policiales despliegan retenes y bloquean accesos fronterizos, el Ministerio de la Defensa mantiene un silencio elocuente. No existe una explicación pública sobre cómo ingresó ese soldado a la fuerza, qué controles fallaron en la custodia del material bélico ni cómo pudo vulnerar la seguridad de una base aérea estratégica.
Ese silencio confirma que la jerarquía castrense prefiere ocultar sus fisuras internas antes que admitir la degradación de sus filas. Un ejército que recluta sin rigor, que tolera el deterioro ético de sus miembros y que sustituye la doctrina republicana por conveniencias de poder termina devorándose a sí mismo desde adentro. Mientras no se reconstruya el principio de idoneidad y se retome la selección estricta basada en el mérito y la salud mental, las armas del Estado continuarán siendo una amenaza directa para los ciudadanos y para los propios soldados que comparten la guardia.
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