Tobilleras, grilletes y el fin de los discursos: así fue la audiencia de Maduro en Nueva York
Nicolás Maduro compareció esposado de tobillos ante la justicia estadounidense para responder por cargos de tortura. La escena en la corte del Distrito Sur de Nueva York desmanteló en minutos la retórica del poder absoluto.


A las 11:32 de la mañana, el hombre que durante más de una década decidió arbitrariamente el destino de millones de venezolanos entró a la sala del tribunal con grilletes en los tobillos. El sonido metálico sobre el piso de la corte federal de Manhattan contrastaba con cualquier recuerdo de sus largas cadenas de televisión. Sin podios, sin escoltas armados y sin aplausos pagados, Nicolás Maduro tuvo que sentarse entre sus abogados defensores, saludar con un beso en la mejilla a su letrado y colocarse los audífonos de traducción para entender lo que ocurría a su alrededor.
La comparecencia respondía a la nueva acusación formal de la fiscalía estadounidense, que amplió los cargos en su contra para incorporar de manera explícita delitos de tortura. Minutos después de su entrada, y con Cilia Flores sentada a pocos metros representada por su propia defensa, el secretario de la sala inició el protocolo de rigor. La escena duró segundos, pero concentró todo el peso de la realidad.
El corte en seco del juez Hellerstein
Cuando el secretario le preguntó si había tenido acceso a la acusación formal, Maduro confirmó en español haberla recibido el día anterior. La siguiente pregunta fue el trámite habitual en cualquier corte penal: ¿cómo se declara?
Acostumbrado a imponer monólogos sin réplica, Maduro intentó iniciar una arenga: «Estas son acusaciones falsas contra mí...». El juez de distrito Alvin Hellerstein lo detuvo en seco sin contemplaciones. No había espacio para mitines: «¿Cómo se declara? ¿Culpable o no culpable?». Ante la imposibilidad de desplegar su guion habitual, Maduro alcanzó a decir que rechazaba el documento en su totalidad. El juez zanjó el asunto con frialdad burocrática y ordenó registrar una declaración de inocencia. A su turno, Flores se limitó a decirse totalmente inocente.
Ver a quien manejó el aparato de persecución y terror del Estado venezolano reducido al marco estricto del debido proceso encierra una lección contundente. Durante años, cualquier ciudadano en Venezuela podía perder su libertad, su patrimonio o la vida con una simple orden dictada desde Miraflores. En Nueva York, en cambio, las reglas procesales no se negocian ni se intimidan con amenazas televisadas.
Inmunidad y plazos en el calendario judicial
Superada la lectura de cargos, la audiencia pasó al terreno técnico. El fiscal adjunto Kyle Wirshba y el abogado defensor Barry Pollack debatieron el cronograma de cara al juicio principal, previsto en el horizonte del 14 de junio. El eje de la defensa recae ahora en presentar mociones sobre supuesta inmunidad soberana, un argumento que pretenden someter a consideración judicial en las próximas semanas antes de ingresar a la fase probatoria definitiva.
Maduro renunció formalmente a los plazos procesales expeditos para permitir que sus abogados tramiten esos recursos. El juez fijó para el 8 de junio la conferencia preparatoria final previa al juicio.
Al concluir la sesión, Maduro arrancó la primera página de un bloc de notas amarillo para llevársela consigo, estrechó la mano de su equipo legal y esperó a que los oficiales de seguridad hicieran su trabajo. Primero salió Cilia Flores; detrás, arrastrando los pasos marcados por las cadenas, marchó Maduro de regreso a su celda. El poder absoluto quedó atrás; lo que sigue es la fría contabilidad de los hechos.
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